Fran Rosa

17 Agosto 2016

Orgullo

Poliamor: Cuestión de identidad

Uno de los principios más sencillos — y aún así uno que mucha gente se empeña en ignorar — que hay que conocer respecto a la identidad de género y la orientación sexual — o mejor, sexo-afectiva — es que son rasgos de la propia identidad que uno define, independientemente de hechos objetivos u otras consideraciones. De manera que cualquier persona puede identificarse con un género — o con ninguno — más allá de su sexo cromosómico o su genitalidad, ya que la identidad es algo que construimos y expresamos, y va más allá de nuestras hormonas o nuestro fenotipo.

Es muy fácil entenderlo desde la orientación sexo-afectiva, ya que una persona puede saber si se siente atraída por un género concreto — o por más de uno — antes de haber tenido relaciones sexuales. Y puede identificarse como heterosexual, aunque no haya tenido sexo con nadie. Algo tan sencillo, genera confusión — y conflicto — en otros casos. Una persona pansexual que tiene una relación homosexual monógama, intentará ser encasillada como homosexual. O una persona que se identifique como heterosexual aunque tenga o haya tenido relaciones homosexuales, tendrá que soportar en multitud de ocasiones que la gente ponga en duda su identidad.

Si esa confusión o conflicto se debe únicamente al desconocimiento o la falta de empatía, o a un intento de discriminación, no siempre es fácil de distinguir. Más probable es el conflicto cuanto más se aleja una persona de lo que se suele considerar normal, que es ser cisgénero y heterosexual. Así las personas transexuales, que únicamente se identifican con el género opuesto según la lógica binaria, o las personas homosexuales, que son también monosexuales, acostumbran a encontrar menos dificultad en hacerse entender y en identificarse y ser reconocidos en su identidad, aunque eso no les salve de la discriminación.

Diferentes maneras de entender las relaciones más allá de la monogamia, como son la anarquía relacional, las relaciones abiertas o — en el caso que nos ocupa — el poliamor, son también más difíciles de explicarse y encontrar comprensión. Aunque en este caso se trata de una manera de configurar la relación o relaciones de una persona o grupo, y no de una cuestión de identidad. ¿O sí?

Las personas que he conocido y que se definen como poliamorosas rara vez mantienen relaciones poliamorosas. La mayor parte del tiempo, han sido personas que — en el momento de conocernos — no mantienen ninguna relación estable, o tienen una única relación — sea ésta sexualmente abierta o no. Y aún así se definen como personas poliamorosas, y no como personas a favor del poliamor o que consideran tener una relación poliamorosa. Esas personas son poliamorosas.

Un aspecto que me ha chocado mucho de la comunidad poliamorosa — ya que existen numerosos grupos en que se reúnen — es la cantidad de poliamor que se mueve únicamente en el ámbito teórico. En los grupos la gente habla, escribe, discute sobre poliamor. Sobre las implicaciones del mismo. Sobre distintos tipos de relaciones poliamorosas. Pero gran parte de ellos no las practican. Y no me refiero a que sean hipócritas. Muchas de esas personas simplemente no tienen el tiempo o la oportunidad de mantener más de una relación estable. Los hay que pugnan incluso por conseguir mantener una. Y la complejidad de las relaciones crece exponencialmente cuando crece su número. No sólo se reparte la atención y el tiempo, sino que además cada nueva relación tiene un efecto sobre todas las otras relaciones, porque las personas cambiamos y evolucionamos.

El poliamor tiene mucho de aspiracional. De querer ser una persona que rompe las barreras aprendidas y autoimpuestas, y supera su egoísmo e inseguridades para establecer relaciones generosas y maduras, con las que crecer y explorar distintas partes de uno mismo y de las parejas que se tienen. Y también de persecución de un ideal. De ser capaz simultáneamente de tener relaciones diversas que nos hagan aprender y evolucionar, no por una consecución de ensayo y error sino mediante la negociación, el aprendizaje y la comprensión. Es por eso también que algunas veces el listón de las personas que se consideran poliamorosas está increíblemente alto. Para sí mismas, y para sus posibles parejas. Lo que complica todavía más poder establecer múltiples relaciones. Y para algunas personas tiene, también, una carga política. Querer situarse — y reivindicarse — al margen, o más allá de las normas establecidas como principio.

Hace poco alguien me dijo que lo bueno de ser poliamoroso era la libertad. Que no es que existiera ninguna necesidad concreta de mantener varias relaciones estables en todo momento. Sólo quería sentirse — y ser — libre de conocer a alguien nuevo en su vida y poder ver hasta dónde esa relación podía crecer o llevarlos, independientemente de si en ese momento tenía ya otra/s relación/es. Yo personalmente considero que es una postura muy parecida a la que tengo yo respecto a la exclusividad sexual, ya que prefiero no tenerla aunque no haga uso de ese privilegio. De la misma manera ser poliamoroso puede ser parte de la identidad de una persona, y significar únicamente que mentalmente ha superado la monogamia como único tipo de relación, o que está abierta a explorar la posibilidad de una relación individualmente con cada persona e independientemente de sus otras relaciones.

En mi caso aún observo una gran distancia entre la teoría del poliamor y mi realidad personal, y es por eso que no me considero poliamoroso. Pero incluso si se trata de una cuestión de identidad, ésta puede cambiar en el tiempo, así que puede que además de ser hombre y bisexual, en algún momento me identifique también como poliamoroso.