Fran Rosa

4 Mayo 2016

Diseño

Be yourselfie: Identidad en redes sociales

English: Be Yourselfie: Identity On Social Media

Para mi, los selfis son también una forma rápida de comunicación. Cuando estoy haciendo ejercicio, y alguien intenta empezar una conversación en Whatsapp, una selfi sudorosa es más sencillo que intentar explicar dónde estoy, qué estoy haciendo y por qué no es un buen momento para entablar una conversación.

Y como los destinatarios de ese tipo de selfis son amigos o familia, no hace falta que esas fotos tengan una buena iluminación o composición, o que sean favorecedoras. Son sólo un destello de un momento concreto de mi vida.

Pero el principal uso de los selfis, o el más habitual, es publicarlos en redes sociales. Me propuse el reto de publicar un selfi diario durante todo el año 2015 en Instagram. Y al final del año tenía un total de 350 fotos, la mayor parte selfis. No está nada mal para alguien que no tenía la costumbre de hacerse fotos a si mismo.

En el proceso aprendí que tomarse selfis es una actitud. Te acostumbras a mirarte, a observarte. A identificar qué momentos se prestan a una selfi. Porque publicar selfis en redes sociales es un montón de trabajo, aunque seas (como yo) un instagrammer oportunista que no prepara mucho ninguna foto. Cada selfi se convierte en una sesión fotográfica con varios disparos, cambiando el ángulo en la búsqueda de una mejor luz, una mejor composición, un mejor fondo. Y elegir el disparo más favorecedor.

Uno empieza siendo demasiado perezoso para probar los filtros, y fácilmente escala a tener una serie de ajustes por defecto para las imágenes que publica: contraste, brillo, saturación… Y algunos trucos para cada tipo de foto: desenfoque para ganar profundidad, viñetas para compensar fondos recargados, hacer más cálidos los colores para imitar la luz del sol en un día despejado…

Mi experimento no tenía nada que ver con conseguir seguidores, likes ni nada parecido. Por eso no me molesté en usar hashtags. Sólo quería crear el hábito de hacerme fotos con la obligación de publicarlas. Pero sí quería que los selfis fuesen lo mejor posible. Por un lado, porque empecé a ser más consciente de mi mismo, y a gustarme; pero también porque quería demostrar que adquiría alguna habilidad con tanto selfi. La habilidad de dominar el equilibrio entre lo que se mostraba y lo que se ocultaba con cada imagen, proyectando cierta imagen.

Esa construcción, esa imagen de mi mismo proyectada en Instagram, tenía un objetivo claro: mostrar mi afición por el fitness. Así que exageraba aspectos como la pérdida de peso, el desarrollo muscular y otros aspectos relacionados con un estilo de vida más fitness. Uno de los efectos de ese objetivo era un sentido de linealidad, que el progreso con mi propio cuerpo era una línea constante. No lo era. En algunos momentos gané peso, o perdí masa muscular. Pero poniendo el foco en los aspectos que elegía, cualquiera podía tener la sensación de que progresaba constantemente. Era la historia que contaba.

Y no era una mentira. No había trucos, ni fotos publicadas en fechas que no correspondían, ninguna edición (más allá de Instagram). En algún punto comenzó a ser de alguna manera engañoso. Yo no creo que las redes sociales nos hagan falsos. Es sólo que la máscara que las personas venimos usando es ahora más grande.

Todos tenemos una pequeña parte de nosotros que es mutable. La parte más superficial de nuestro comportamiento social se adapta al contexto. No nos comportamos igual con nuestros padres o nuestros amigos. Tampoco con nuestros amigos más cercanos y el resto. No es sólo una cuestión de formalidad. Creamos un relato disinto de nosotros mismos para diferentes grupos de gente en nuestra vida. Y lo hacemos con sólo no tratando ciertos temas, no diciendo algunas cosas de nosotros mismos.

Con las redes sociales esa construcción es más elaborada, porque tenemos la misma actitud de elegir qué cosas mostramos y cuáles dejamos fuera de la foto, construyendo toda una ilusión de sinceridad y apertura con un perfil en el que sólo mostramos una pequeña parte de nosotros mismos.

De manera que, si la imagen que otra gente tiene de nosotros es una ficción basada en hechos reales, lo que antes era una colección de relatos cortos bien podría ser ahora una novela gráfica ilustrada no sólo con imágenes, pero también vídeo, historias y demás. No es que seamos más falsos o menos auténticos, o que vivamos más en el espectro social ficticio de nuestra propia identidad. La máscara es más grande ahora, e invertimos más tiempo en ella, en hacerla bonita. Pero eso no significa necesariamente que seamos menos sinceros.

Es por eso que me gusta tanto enviarle selfis a mi novio. Porque no sólo no necesito hacer un esfuerzo para hacer que encajen en un relato concreto sobre mi mismo (soy sólo yo), sino que también me gusta recordar que esa parte de mi mismo sigue ahí, y me encanta verla y compartirla con la persona que amo.